LOS AÑOS CONVULSOS

 

Los años previos a la desgraciada contienda civil que enfrentaron a nuestro antepasados, fueron años convulsos que preludiaban lo que inevitablemente ocurría poco después. Los ánimos estaban alterados y la convivencia no se hacia nada fácil. En el año 1934, España era un país republicano. Las elecciones de 1931 habían propiciado una victoria de las fuerzas progresistas precipitando la salida del rey Alfonso XIII hacia el exilio exterior. La práctica totalidad de los municipios, incluido el nuestro, estaba presidido por un alcalde republicano.

 

A finales de aquel revolucionario año la crispación también salpica a las relaciones intramunicipales en nuestra localidad. Los cinco concejales que componían el concejo local proponen algo que, ni antes ni después está documentado que volviera a ocurrir: la convocación de un pleno para,

 

“…acordar, en su caso, un voto de censura a la alcaldía por su gestión al frente del Ayuntamiento…”

           

            Los concejales, haciéndose portavoces del sentir de sus convecinos, acusan al alcalde de ejercer una autoridad personalista, no delegando sus funciones en sus largas ausencias, obstruyendo de esta manera el buen funcionamiento de las instituciones. Le acusaban, además, de pasividad en cuestiones tales como castigar la alteración del orden público ocurrido en el sindicato (se supone que en el sindicato agrícola católico) y, en fechas más recientes, en la propia vía pública,

 

                              “…sin que esta autoridad intentase siquiera corregirlo.”

           

            El alcalde intenta rebatir una a una esta y otras acusaciones lanzadas, sin conseguir que el final prospere el voto de censura contra su gestión.

 

               En los meses siguientes la calma no imperaría, precisamente, dentro de nuestro pueblo. 

Entre octubre de 1934 y mayo de 1935 se producen unos hechos que siembran de desasosiego la tranquilidad y el ánimo de sus gentes.  En la madrugada del 5 al 6 de octubre de 1934 se produce un robo en el edificio municipal en el que,

 

“…los ladrones, pues debieron ser varios, violentaron con palancas, rompiendo las cerraduras y en algún caso, la madera de las tres puertas: la exterior del edificio y las de ambas secretarias del Ayuntamiento y Juzgado.”

           

            Abrieron cajones, volcaron archivos, esparcieron expedientes por los suelos sin que en ningún momento desapareciera documentación comprometedora o decisiva para el correcto funcionamiento del municipio. Eso sí, desaparecieron sellos de correo, papel timbrado y todo el dinero procedente de las multas gubernativas.  Las gentes se quedaron bastante preocupadas ya que era la repetición de otro hecho similar ocurrido en 1933.

 

               En la noche del 20 de marzo de 1935 los vándalos van más allá.  Además de asaltar por tercera vez el Ayuntamiento, rompiendo puerta y llevándose hasta las llaves de los calabozos situados en la planta baja del edificio, dejaron los legajos de los archivos completamente desparramados por el suelo.  Pero el arrebato no se queda solo ahí. La puerta de la ermita es violentada y sacada de sus goznes sin que se registre más incidencia. Algunas puertas de bodegas y algún domicilio particular también son asaltados.  La alarma cunde y el pueblo se exalta. El concejo decide enviar a un representante a Logroño,

 

                              “… haciendo uso del primer auto o camioneta que tenga a su alcance…”

 

               para poner en conocimiento de la autoridad judicial los hechos ocurridos.  La inquietud recorre permanentemente las calles del pueblo al desconocer quiénes son sus autores, aunque en su interior admiten que se trata de gentes venidas de otros lugares, aunque esto no impide que

 

                              “…tantas raterías hechas desde hace poco tiempo, hayan envenenado al pueblo.”

 

            Y en este estado de cosas llega el día 23 de julio de 1936.  Cinco días después del inicio de la guerra fraticida acude

 

                              “…una pareja de la Guardia Civil del puesto de Corera…”

 

               y en virtud de haberse declarado ya el “estado de guerra” se destituye fulminantemente al concejo democráticamente elegido, sustituyéndolo por  gentes afines a la nueva ideología impuesta a punta de fusil.

 

               Los siguientes años son tiempos difíciles, oscuros, tenebrosos; en toda España; también en Galilea.  Enseguida comienzan las purgas a funcionarios municipales, entre otras cosas porque, el imputado,

 

                              “…nunca ha dado grandes pruebas de entusiasmo en pro de la buena causa nacional…”

 

               Se publican bandos  para que,

 

“…con el conocimiento y preparación del vecindario, se haga un recorrido a domicilio para recabar fondos con los que adquirir una bandera nacional con destino a la Casa Consistorial; y si fuera posible para la compra de otras dos, con destino a las escuelas.”

 

               y además todo ellos debía estar disponible para que,

 

Un periodo desgraciado en la historia de España

“…el día 12 del actual, día de la raza, se bendigan y coloquen solemnemente en sus respectivos lugares, con invitación del vecindario”

           

Comenzaba de esta manera un periodo desgraciado en la historia de España, en el que los hechos trágicos se van sucediendo, uno tras otro, sin que nadie sea capaz de introducir cordura en las mentes de aquellas gentes, que tuvieron la desgracia de nacer en un momento en el que la convulsión política y social había lanzado sus tentáculos a lo largo y ancho de nuestro país.  Los acontecimientos que vinieron a continuación estarían mejor arrancados de nuestra memoria. Pero, desgraciadamente, sucedieron. Y si estamos escribiendo sobre la  historia, aquello también fue historia. Pero es que, además, fue nuestra intrahistoria.

 

Los hechos acaecidos en aquellos oscuros años en las diferentes localidades de nuestra Comunidad Autónoma, incluída Galilea, han sido tratados de  manera individualizada en más de una publicación. Repetirlos aquí no viene a cuento, por lo que me limitaré, simplemente, a constatar que nuestro pueblo no fue diferente a los demás pueblos en cuanto a comportamientos violentos se refiere, por parte de algunos, pero también de generosidad por parte de otros, en situaciones en las que llegaron a arriesgar, incluso, su propia vida, para salvar la de los que no pensaban como ellos. 

 

 Estos comportamientos viscerales de la naturaleza humana no son exclusivos ni de unas gentes ni de una época; simplemente, a nuestro padres, el destino les jugó una mala pasada haciéndoles aparecer en la vida en unos momentos en los que la incultura, la intolerancia, la insensatez  y la falta de buen juicio por parte de sus gobernantes, dejaron a nuestro país como un erial. Pasemos, pues, rápidamente  la página, de estos oscuros años.