CONCORDIAS ENTRE OCÓN Y JUBERA

 

               Las ordenanzas que regulaban la concordia entre Ocón y Jubera se redactaron en el lugar de Santa Lucía el día 24 de marzo de 1603.  En su firma intervinieron Juan García, escribano real de la villa de Jubera y su Tierra, y Juan Lacalle de Ocón y su Tierra.  Estuvieron presentes, además, representantes de Galilea, Corera, Santa Lucía y Pipaona.  Por parte de Jubera integraban su concejo las villas de Venturiel, San Bartolomé, Santa Engracia, Santa Cecilia, Cenzano, Bucesta, El Collado y San Martín.

 

               Esta concordia se firmó en la Real Chancillería de Valladolid, después de haber inter­venido la Audiencia Real del Adelantamiento de Castilla, con objeto de evitar gastos y tener paz después de tantas disputas.  La concordia se llevó a cabo para acabar con el pleito existente entre Jubera y Ocón sobre el aprovechamiento de las hierbas, cortes de leña, carboneo y tierras que habían sido reducidas a pastos.

 

            

Jubera

   La Villa de Ocón y su Tierra se reunió en Ayuntamiento general en la iglesia de San Miguel a campana tañida dando escritura de poder a los vecinos en día 15 de diciembre de 1602.  Galilea lo hizo el 26 de enero de 1603.

 

La causa de establecer esta concordia estaba en el derecho que Jubera creía tener en el común aprovechamiento, en el término y jurisdicción de Ocón  en:

 

            “…pacer las hierbas, beber las aguas, echadas y levantadas, de día y de noche, de fuera de las dehesas boyales de pan y vino, de la misma forma que tiene un concejo en el otro y el otro en el otro, con sus ganados mayores y menores...”

 

               Se establecían claramente cuáles eran las dehesas boyales para una y otra jurisdicción, señalando a Ocón, entre otras, el monte Encinal, desde el barranco de Santa Lucía hasta el pueblo de Las Ruedas, marcando pasadas para el ganado vacuno.  La dehesa de Valdepedroso, hasta el valle de Las Ruedas.  Y la dehesa de Cuesta la Estrella, en Ausejo, desde el portillo de Ormazábal hasta el barranco de la Nava.

 

               Por parte de Jubera también se delimitaba el terreno para pastos de ganado vacuno dejando el río que le da nombre como pasto común.  En las dehesas señaladas se dejaban pasadas suficientes de forma que tuvieran las mismas de Ocón que las de Jubera.  Y los de este municipio usarían las que tenían establecidas.

 

               Esta concordia señalaba también las multas que debían pagar quien incumpliera los acuerdos establecidos en la misma.  Así, si las dehesas eran pasadas por ganado mayor, cada cabeza pagaría cuatro maravedises de día, y ocho si era de noche.  Sin embargo, un rebaño de ganado menor, superior a treinta cabezas, pagaría un maravedí de día y dos si la entrada era por la noche.  La misma pena era impuesta a quien invadiese las tierras de pan y vino (cereales y viñedo).  Sin embargo, si la infracción era cometida en las bragaderas (lugares de paso alrededor de las dehesas para que pudieran transitar por ellas los ganados; en las viñas la anchura era de 30 pasos), por un rebaño menor, la pena era de dos reales de día, y cuatro si era por la noche.  El ganado mayor, que era quien se beneficiaba de los pastos de las dehesas, lógicamente no tenía pena alguna.

 

               Estas bragaderas se hallaban vedadas desde Nuestra Señora de Agosto, hasta el día de la distribución del mosto que les correspondía a los monjes de Jubera.  En Ocón, estas bragaderas que rodeaban las viñas estaban vedadas el mismo tiempo.

 

               Si un rebaño de ganado menor era sorprendido más de tres veces en quince días, el guarda del campo le consideraba reincidente, condenándole a pagar  una multa de 500 maravedises además del daño producido.  Si reclamaba ante el justicia, era oído y juzgado verbalmente sin que se escribiera en razón de ello cosa alguna pero dando crédito al guarda, siempre que dos testigos atestiguasen en contra del infractor.

 

               Para que al ganado se le considerara reincidente de haber transgredido la concordia, debería estar a la vista del que lo guardaba.  Pero si el ganado iba sin pastar, o trasnochando, sólo pagaba el daño que ocasionaba.  Cuando los vecinos iban a labrar sus heredades, podían llevar dos ganados libremente por donde menos daño hiciesen; pero si entraban en el fruto, pagarían la pena de cuatro maravedises de día, y ocho de noche, además del perjuicio ocasionado.

 

               Los vecinos de uno y otro concejo no podían hacer corrales los unos en los términos de los otros, conservando los que ya estaban hechos o habían sido comprados o hereda­dos; pero sí podían reconstruirlos, sin trasladarlos de lugar ni ampliarlos, y podían adquirir otros por herencia.  Se les autorizaba para hacer corral de barda (ramajes de árboles que se colocaban sobre las tapias), o red para depositar el estiércol y ahijar.  Sin embargo advertían que las bardas no se podían cortar en término ajeno, aunque sí podían hacerlo para la hornija (leña pequeña para encender hornos).

 

               Igualmente se autorizaba a los pastores de uno y otro concejo a cortar leña para su abrigo y servidumbre en cualquier lugar donde el pastor se hallase con sus ovejas, siempre que no lo hiciese en las dehesas boyales y siempre que no cortase ni dañase pie de encina, ni de roble, ni hiciese corte para otro.

Ocon (Pipaona)

 

               Estaba castigado que los vecinos de un consejo cortasen leña en los montes del otro concejo, bajo pena de 30 a 600 maravedises, según la cantidad y tipo de leña que cortasen.  Si una persona cualquiera fuese a cortar para llevar un haz, y cortase una rama mayor que para un haz, pagaba solamente 30 maravedises.  Los vecinos de los concejos y sus servidores, podían hacer hornija de "ilagas" y monte bajo, con excepción de haya, roble y carrasca, prohibiendo también que fueran arrancadas de cuajo, quedando vedadas las dehesas boyales.

 

               No podían ser apresados dentro del término municipal al que pertenecieran;  y si lo hacían en el otro, una vez dentro de su jurisdicción debían ser puestos en libertad. No se procedía por escrito, ni se hacía proceso, salvo que se estuviese haciendo tala, o se resistiese al guarda de campo; si se le sorprendía cortando por la noche, la pena era doble.

 

               Los vecinos de Ocón y su Tierra daban licencia a los de Jubera para hacer carbón a sus herreros y oficiales, siempre que fuera para uso de la fragua.  En contrapartida, los de la Tierra de Jubera autorizaban a los vecinos del concejo de Ocón para hacer carbón en los lugares donde se podía hacer ilaga y monte bajo.  Quienes en ello se excedieran, tenían la pena de 600 maravedises en beneficio del consejo donde se hubiera cometido el daño.  Si se sorprendiese a alguien cogiendo "mielgas" en pagos ajenos que estuvieran sembrados, debía de pagar dos reales y el daño ocasionado.

 

               Las rastrojeras antiguas estaban vedadas desde la virgen de marzo hasta Ntra señora de Agosto, pudiendo conservar ambos concejos el retraso de las fechas en el caso que la cosecha fuese tardía;  y si no se ponían de acuerdo, regirían las fechas primeramente indica­das.

 

               Los guardas de cada concejo estaban obligados a dar cuenta del estado de los frutos y cuándo de hallaba a término. Cada uno de los concejos habría de tener diez guardas para la custodia y conservación de sus términos, estando obligados a enviar memoria y certificación con sus nombres al otro concejo, quince días después de su elección.  Cobraban tres celemines de pan mixto, es decir, de trigo y cebada, siempre que el labrador perjudicado lo quisiese pedir.  Si el ganado de uno u otro concejo se hallase enfermo, de cualquier enfermedad, debían ponerlo en conocimiento del otro, señalando la zona de la jurisdicción de la que no podían salir hasta que sanasen, señalando una persona por consejo para hacer cumplir esta medida.  El dueño del ganado enfermo estaba obligado a manifestarlo antes del tercer día de haber detectado la enferme­dad, bajo pena de 400 maravedises de castigo.

 

               La concordia establecía, asimismo, la obligación que tenían de poner mugas y mojones, con el fin de señalar claramente los términos, comprometiéndose a asistir, cuando fuesen citados por carta de juntas, dentro de quince días;  y si no asistiesen, cada concejo podía amojonar por sí mismo.

 

               Como existía por parte de la villa de Jubera una carta ejecutoria ganada contra Ocón por haber dictado ordenanzas en contra de sus intereses, el Concejo de Ocón declaraba el derecho que pudiera tener de los capítulos del pleito, y el de Jubera se apartaba de la acción y el derecho que en virtud de la carta ejecutoria pudiera tener, en contra de lo que se exponía en esta concordia.

 

               Debían existir cuatro alcaldes yunteros, dos en cada concejo, para que determinasen las dudas que se ofrecieran, del contenido de estas escrituras, y se disponía que de las mismas hubiera dos originales, con idéntico valor, como si de una sola se tratara, acordándose respetar el contenido de la misma en perpetua paz y concordia; y se obligaban con los bienes propios y ventas que,

 

            “…ni ahora ni en tiempo alguno, ni por ninguna causa o razón que suceda, no procederán contra el contenido de esta escritura y capitulaciones, y si lo hiciesen, no les valga ni aproveche.”

 

               También el rey ordeno el cumplimiento de estas concordias, so pena de la pérdida de su merced.  La escritura está fechada en Valladolid, el 27 de marzo de 1604 y firmada con la rúbrica clásica de yo, el Rey. 

             

Jubera

  Existe un documento en los archivos de nuestro Ayuntamiento cuyo contenido revela hasta qué punto tenían valor jurídico y adminis­trativo la firma de esta concordias.  En él de da cuenta a nuestro municipio de la resolución tomada por el Gobernador Civil de la Provincia, a consecuencia de la determinación del concejo de Jubera de arrendar, en pública subasta, las pastos de su jurisdicción.  El 9 de abril de 1911 acuerdan arrendar los pastos comprendidos en terrenos de la mancomunidad existente con Lagunilla y Galilea, como villa que fue del antiguo concejo de Ocón.  Para llevar a efecto lo acorda­do, los representantes de nuestro pueblo son citados para una reunión a celebrar el día 20 del mismo mes.  El Ayuntamiento de Jubera les informa que pretende subastar, por lotes, las hierbas de la mancomunidad, a lo que los convocados prometen estudiar el asunto, y ser resuelto en otra reunión.  Esta se celebra el día 7 de mayo, y los representantes de Lagunilla y Galilea manifiestan no estar conformes, al entender que tenían derecho a los mismos, amparándose en la concordia existente.

 

               El concejo de Jubera hace caso omiso a lo manifestado en esta reunión, y una vez hecha la tasación pericial, publica la subasta en el Boletín Oficial de la Provincia.  El Gobierno Civil, a través de una serie de "considerandos", desautoriza esta subasta, argumentando que la mancomunidad de pastos objeto de litigio, se halla reconocida por antiguas concordias que determinan el aprovechamiento de pastos, en la jurisdicción de Jubera; y añade una dato importante, cual es, que dicha villa no puede legalmente proceder al arrendamiento que pretende sin la previa autorización y asentimiento de las otras villas interesadas.

 

               Sigue diciendo este oficio que la mancomunidad de pastos entre estas villas se halla cla­ramente demostrada, como también se halla demostrado el derecho de sus vecinos para aprovecharlos en las formas que las ordenanzas determinen, sin distinción de ninguna clase.  En consecuencia, el Ayuntamiento de Jubera es incompeten­te para imponer gravamen alguno por el aprovechamiento, y mucho menos privarles del mismo.

 

               El oficio termina desautorizando al Ayuntamiento de Jubera sobre lo actuado hasta aquel momento, informándole que con ello agota la vía gubernativa, pero no así la judicial, que parece ser, la desestiman.